El nacimiento de Gonzalo
La madrugada del 19 al 20 de marzo empecé a notar que rompía aguas. Lo que siguió fue un parto largo, intenso y, por suerte, muy bien acompañado.
Guest post by Judith Navarrete
La madrugada del 19 al 20 de marzo
La madrugada del sábado 19 al domingo 20 de marzo me levanté de la cama para ir al baño y noté que había perdido algo de líquido amniótico. No estaba segura de que fuera eso, ya que pensaba que romper aguas siempre sucedía como en las películas: todo de golpe.
Me costó conciliar el sueño, atenta a cualquier síntoma de parto. Pasó la noche y, por la mañana, me desperté con un leve malestar, muy similar al dolor de regla. Además, volvía a perder un poquito más de líquido.
Y así fue pasando el día, con ese malestar en aumento y pequeñas pérdidas de líquido amniótico cada dos o tres horas. Ya no tenía dudas: sabía que todo había empezado.
Por la tarde decidí salir a caminar y empecé a contar contracciones. Eran irregulares, pero, conforme avanzaba la tarde, la intensidad iba aumentando.
Quería aguantar en casa el máximo tiempo posible antes de irnos al hospital, pero imaginaba que este parto sería más rápido que el anterior. Así que preparé la maleta de mi hijo mayor para que pasara la noche en casa de los abuelos y nosotros pudiéramos estar listos para salir en cualquier momento.
Rumbo al hospital
Sobre las once de la noche del domingo me fui a la cama a intentar descansar un rato, pero los nervios de pensar cómo sería todo y el malestar me lo impidieron. Así que me levanté a dar paseos por casa mientras mi marido dormía.
A las cuatro de la mañana el dolor de las contracciones era bastante más intenso, así que decidimos salir hacia el hospital.
Llegamos y me pusieron monitores. Después me reconocieron y me confirmaron que había roto la bolsa y que estaba de 3 cm de dilatación y con el cuello del útero favorable, por lo que nos quedábamos ingresados.
Como la bolsa llevaba rota más de 24 horas, la ginecóloga consideró que debíamos acelerar el parto. Me preguntó si estaba de acuerdo en que me pusieran oxitocina sintética, pero yo prefería esperar a ver si continuaba dilatando sola, porque me daba pánico el dolor que pudiera sufrir con la oxitocina sintética, además de sus efectos secundarios.
Finalmente, y puesto que me insistieron en que necesitaba algún tipo de ayuda, acepté que me colocaran un Propess. Una vez puesto, seguimos con monitores para ver la evolución y parecía que todo continuaba muy bien.
Encarna
Eran las ocho de la mañana y tocaba cambio de turno en el equipo de matronas y ginecólogos, algo que a mí me alegró, ya que, aunque me atendieron bien, eran bastante serios y de pocas palabras.
Y qué suerte la nuestra: llegó Encarna, la matrona que nos atendería durante todo el proceso de parto. Nada más entrar en la habitación se presentó, se sentó a mi lado, me preguntó cómo iba todo y me explicó los siguientes pasos.
Yo la escuchaba pensando en la suerte que había tenido de que llegara ella. Su forma de hablarme, de explicarme y de tratarme me decía que estaba en las mejores manos, y no me equivoqué.
Sobre las nueve nos subieron a planta para que pasáramos el proceso de dilatación tranquilos. Encarna me dijo que avisara cuando yo lo considerara para bajar a la zona de paritorios, y así lo hicimos.
Ya en la habitación, empecé por darme una ducha de agua caliente durante un buen rato. Mientras estaba en el agua, las contracciones eran más llevaderas.
Cuando salí, preparamos la habitación con luz tenue. Todavía las contracciones eran llevaderas y muy espaciadas, por lo que me acosté en la cama y, entre contracción y contracción, descansaba, ya que me sentía muy cansada y con mucho sueño.
Al cabo de una hora aproximadamente, las contracciones empezaron a ser más seguidas y dolorosas, por lo que pasé a la pelota de pilates y me di cuenta de que, con el movimiento de la pelota, el dolor era menos intenso.
Me apetecía escuchar algo de música para distraer un poco la mente del dolor, así que pusimos Vetusta Morla y seguí en la pelota, con la ayuda de mi marido, que me ejercía presión en la zona lumbar en cada contracción, algo que también me calmaba.
La epidural no hizo efecto
Así pasaron dos horas más, hasta que el ritmo y la intensidad del dolor de las contracciones aumentaron considerablemente. En ese momento tenía claro que pediría la epidural.
Quería experimentar un parto consciente y tranquilo y no quería llegar tarde, así que avisé para que me bajaran a explorar.
Llegué abajo y Encarna estaba esperándome. Enseguida me reconoció y comprobó que ya estaba de 6 cm amplios. Inmediatamente le dije que quería la epidural cuanto antes y, en menos de cinco minutos, la anestesista estaba pinchándomela.
Lo cierto es que me daba bastante respeto el momento del pinchazo de la epidural, pero ni me enteré. Primero ponen un poquito de anestesia y después, al ponerla, sentí como un líquido recorría mi espalda de abajo arriba y una especie de calambre.
Por supuesto, Encarna estaba conmigo en todo momento, ayudándome a pasar cada contracción mientras me la ponían. Sus palabras de aliento me tranquilizaban y me animaban a continuar tranquila, a pesar del dolor que a esas alturas ya era bastante.
Una vez puesta la epidural, no pasaron ni cinco minutos cuando empecé a sentir mucha presión abajo, seguida de ganas de empujar. No podía creérmelo. Había leído muchos relatos de parto y sabía que, llegado ese punto, había comenzado el expulsivo.
Se lo comenté a Encarna y, unos veinte minutos después, me exploró confirmando mis sospechas: ya estaba en dilatación completa, había empezado el expulsivo y la epidural todavía no me había hecho efecto.
Yo le preguntaba una y otra vez cuándo me haría efecto, porque el dolor, en vez de ir a menos, iba a más. Y ella fue clara para no crearme falsas esperanzas: me dijo que en ese punto ya no podía suministrarme más cantidad porque había empezado el expulsivo, y que no siempre hace efecto en todas.
En ese momento empecé a intentar ir a favor del dolor y a mentalizarme de que iba a volver a parir sin anestesia. Encarna me animaba diciéndome que me quedaba muy poco y que podría con ello.
Las ganas de empujar iban a más, así que decidimos ayudar a Gonzalo a ir bajando por el canal de parto con la postura de cuadrupedia. Así estuve un buen rato. Mi marido y Encarna me animaban y me alentaban para continuar empujando. De no haber sido por ellos, hubiera decaído. En ese punto de dolor pensaba que no podría conseguirlo.
Gonzalo está casi fuera
Después de casi una hora en cuadrupedia empujando, había llegado el momento de la fase final. Gonzalo estaba ya muy cerca, así que Encarna me sugirió cambiar de posición para explorarme y ver cómo iba todo.
Enseguida me dijo que faltaba muy poquito, que la cabecita estaba ya muy cerca y que, en unas pocas contracciones más, estaría fuera. Las fuerzas en este punto ya me flaqueaban, pero Encarna y mi marido me animaban en cada contracción.
Yo, a pesar del dolor, estaba plena y feliz. Estaba teniendo un parto tranquilo y respetado, con mi marido a un lado apoyándome y compartiendo conmigo todo el proceso, y Encarna al otro lado diciéndome las palabras justas y necesarias para ayudarme a conseguirlo.
En las siguientes tres contracciones la cabecita de Gonzalo coronó e inmediatamente sentí el famoso aro de fuego. Ya no me dolían las contracciones: ahora sentía como me ardía todo y esperaba ansiosa la siguiente contracción, que haría salir la cabeza completa.
Creo que estos fueron los minutos más largos de mi vida. La ansiada contracción no llegaba y yo pensaba que no era capaz de aguantar ese dolor ni un segundo más. Encarna y mi marido mantenían la calma y me decían que ya no quedaba nada. Cada palabra de ellos me daba toda la fuerza que necesitaba para continuar.
Y llegó. Por fin llegó la contracción. Empujé con todas mis fuerzas, largo y seguido, varias veces, visualizando la salida de Gonzalo al mundo, y enseguida salió la cabecita completa. En ese momento sentí algo de alivio, sobre todo porque sabía que en la siguiente contracción ya estaría conmigo.
Y así fue. Llegó la siguiente contracción y, en dos empujones, salía Gonzalo. Es una sensación indescriptible: sabes que ha llegado el final, que juntos lo hemos conseguido, y entonces la felicidad te invade y desaparece el dolor.
El primer abrazo
Eran las 13:41 de la tarde. Enseguida me lo pusieron encima y esperamos a que pasara toda la sangre del cordón para que papá lo cortara. Alumbré la placenta casi de inmediato y nos quedamos los tres disfrutando de la magia del momento.
Al ratito, Encarna me reconoció para ver cómo estaba todo y si necesitaba algún punto. Me dijo que estaba perfecto, sin desgarro, así que no necesitaba puntos, algo que me alegró muchísimo.
Después de casi dos horas de piel con piel vinieron a pesarlo, vestirlo y ponerle la vitamina D. Teníamos un bebé sano y precioso de 3,290 kg y 49,9 cm. No cabíamos de felicidad.
Finalizado todo el proceso, nos subieron a la habitación de los peces (211) y allí lo cogió papá por primera vez. No podíamos creer que todo hubiera salido tan bien. Después de varios meses soñando con este momento, lo habíamos conseguido: habíamos tenido un parto de diez.
La primera noche juntos, Gonzalo se la pasó durmiendo. Estaba cansadito de todo el esfuerzo del parto y yo casi no pude dormir después de tanta emoción. Tenía la adrenalina por las nubes y no podía dejar de pensar en la suerte que había tenido.
Todo había salido mucho mejor de lo que podría haber imaginado nunca. Me sentí súper arropada en todo momento, primero por mi marido, que estuvo dando el 100 % conmigo durante todo el proceso, acatando cada una de mis peticiones y dándome ánimo constantemente, y después por Encarna y el resto de matronas, que estuvieron de 10.